Los colores de mi Habana

Los colores de mi Habana Cuba. Mezcla de arquitectura, ruido y belleza tropicalLos Colores de mi Habana. Su Gente, sus matices.

Los Colores que engalanan mi Habana. Mi Habana huele a guerra.

Cada ciudad tiene un sonido característico, a pesar de los carros, las fábricas, la gente y la propia naturaleza. Todos forman un conjunto bien orquestado: nada desafina, ni el más molesto de los cláxones puede parecer fuera de lugar. A veces cierro los ojos y miro desde la incertidumbre y, por el olor, el tacto o el sonido, puedo casi descubrir por dónde tránsito.

En las últimas décadas ha aparecido una insospechada gama de sonidos: un simple silbato, filarmónica y la típica caja de música, son órdenes que anuncian la llegada del esperado pan, el amolador de tijeras o el vendedor de paletas… Ellos forman parte de una cotidianidad que nos distingue. Quizás son de las primeras cosas que asombran, aunque sin dudas nos hacen irremediablemente únicos y hacen de mi Habana la mas exquisita gama de colores.

Existe otra gran ola de vendedores, tan bien caracterizados, que apenas necesitan anunciar sus ofertas. Simplemente con su andar y su vestir logran llamar la atención de tal manera que a leguas podemos descifrarlos.

Ese estrafalario ataviar que roza la teatralidad, la locura, marca un nuevo folclor cubano, un atractivo más de los espacios citadinos de mayor concurrencia. Los colores de mi Habana están dados al pensar ahora en el Coppelia, La Rampa, El Malecón… bordados por esa rara diferencia que nos distingue.

Pero tengo nostalgia, nostalgia de las tradiciones, de los famosos pregones, de ese canto alegre que invadía nuestras calles, del manisero, el vendedor de frutas. Todos con sus típicas rimas que hacían de La Habana un constante repique de tambores que invitaban a la rumba, al goce, a la alegría.

Nostagia del pasado en mi Habana. Nostalgia de sus tradiciones que vuelven a ser nuevas

 

Tengo nostalgia de ese pasado que nunca llegué a conocer, pero que sus historias llegaron a mí por la memoria de mis abuelos. Por eso me resisto y cada vez que siento el pito, o algunos de los nuevos pregones cotidianos, me repito: ¡Maní, el manisero llegóooooo! Caserita no te acuestes a dormir, cómprate un cucuruchito de maní…Eso y mucho mas hacen de los colores de mi Habana, antes y ahora, la mezcla perfecta de cubanía y fervor por el terruño que me vió nacer.

Y si la nostalgia es mucha, corro, corro hacia los lugares más tradicionales. La Habana Vieja, tan enraizada en su tiempo, tan comercial y detenida en su tradición, que tal vez parezca un poco pintoresca, falseada, pero sin dudas logra inmovilizar una esencia que nos pertenecía, que nos pertenece.

Por eso pienso que esta Habana de hoy suena a lucha, a gritos de guerra, a matices y sombras, a colores, y sobre todo a gente: vivimos entre el pasado que nos hizo brillar y el presente que asombra y la vuelve descaradamente:¡rara y bella!

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